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6 mayo 2008
A Madre Carmen, de una antigua alumna
y profesora del colegio
Hoy, como antiguas alumnas, queremos recordar los años vividos en nuestro colegio, los recuerdos pasean por nuestras mentes, deseosos de salir a la luz. Y así, vemos como en nosotros apareció hace ya bastantes años, una estrella, con una luz tan fuerte que ya no hemos podido perderla de vista. ¿Quién no siente la necesidad de una estrella que nos guíe a lo largo del camino? Todos tenemos necesidad de esa luz que ilumine nuestra vida. Algunos la encuentran y no se sienten con fuerzas para seguirla, otros en cambio, llenos de audacia, se ponen en camino y van tras ella.
Nuestra estrella se llama Madre Carmen. Empezamos a conocerla desde muy pequeñas. Las monjas del colegio nos hablaban de ella y descubrimos a una mujer luchadora, a una mujer íntegra, a una mujer maravillosa que se entregaba día a día a los demás; que se crecía en las dificultades de la vida porque veía en ellas la voluntad de Dios.
 
 
A Madre Carmen la hemos sentido siempre a nuestro lado, acompañándonos en nuestro caminar, en los momentos buenos, y en los menos buenos, pero su ejemplo, su manera de enfrentarse a las dificultades nos daban fuerzas para seguir adelante. Su luz no nos dejaba nunca a oscuras, a pesar de los negros nubarrones que aparecían a nuestro alrededor, Madre Carmen estaba siempre en el cielo de nuestra vida, llevándonos hacia Dios, nuestro fin último, nuestra meta definitiva, ¡Dios!, el gran AMOR de Madre Carmen, ¡Qué bueno tu ejemplo de vida! ¡Al igual que María querías cumplir siempre lo que Dios te pedía! Transmitiste todos tus pensamientos, todos tus proyectos, todas tus ilusiones a las hermanas franciscanas que te siguieron y nos enseñaron a conocerte a ti y a tu obra que se expande día a día en un universo de amor a los demás
¡Qué suerte hemos tenido los palmeños con que te fijaras en nosotros! ¡Qué suerte tener nuestro colegio! ¡Qué suerte tener a nuestras monjas! ¡Qué suerte haber sido antigua alumna y profesora después! ¡Gracias Madre Carmen por todo!.
Gracias por ayudarnos a educar a los jóvenes palmeños con tu espíritu, con el espíritu franciscano que nos hace levantar los ojos al cielo para repetir al igual que tú: ¡Bendito sea Dios que tanto nos quiere!

 

 

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