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2 noviembre 2008
Misión del Tokuko en Maracaibo
¡Cuando yo me vaya les enviaré mi Espíritu, Él les enseñará todo y les recordará todo lo que les he dicho!
(Cfr. Jn 14, 26)
La Comunidad de FE de San Francisco de Asís, Maracaibo, está viviendo está experiencia. Nos llevaron a las Hermanas, nuestra guías, animadoras, confidentes, Hermanas en quienes podíamos confiar, en quien encontrábamos consejo, consuelo, apoyo. Y se las llevaron así, de ya para ya (como decimos en maracucho), es decir, de un día para otro.
Aún nos cuesta creer que no volverán; vivimos con la esperanza de que algún día esa casa, ese patio nos vuelvan a acoger; que esas galerías de la escuela, esos salones de clases y esos patios vuelvan a verlas caminar de un lado para otro, queremos sentirnos acogidos y queridos por ellas.
Nuestras calles del barrio, los vecinos y tantas personas tan queridas esperan verlas en sus casas, acogedoras, compartiendo, acompañando, cercanas, en una palabra FRANCISCANAS. Que en la Iglesia las veamos como cada domingo y otras fiestas dando vida y alegría a nuestras Eucaristías y actividades religiosas. Esperamos que lo que estamos viviendo sea sólo un sueño.
Como testimonio de que la semilla sigue creciendo, queremos compartir la experiencia vivida con hermanos indígenas (Motilones), de la Sierra de Perijá, de Maracaibo, los días treinta y uno de octubre y uno y dos de noviembre.
Los jóvenes de JUFRA (Juventud Franciscana) en varias ocasiones hemos vivido esta experiencia; en esta ocasión el grupo lo hemos conformado jóvenes de JUFRA, de Paz y Bien, otros de la Comunidad, un seminarista del barrio y una señora de la Comunidad de Adultos; en total once personas.
¿Qué hicimos estos días?. Primeramente el lugar donde nos hospedamos fue en la misión que los Padres Capuchinos tienen desde hace cientos de años con esos hermanos indígenas. El viaje, como verán en las fotos se hace en transporte muy pobre; éste no llega a la misión ni a los poblados; hay que caminar mucho subiendo montaña, cruzando riachuelos y encontrándose cuando menos lo esperas con las hermanas culebras, venenosas, pero el acompañamiento del cacique y el guía lo solucionan todo.
 
El lugar, bellísimo, en total contacto con la Madre Tierra a quien los indígenas casi se puede decir que la adoran, todo en estado natural; allí no llega la luz eléctrica, ni el agua por tuberías; hay suficientes ríos para suplir las necesidades del hombre; tampoco llega la contaminación de nuestras ciudades.
Por supuesto que les llevamos alimentos, ropa, medicinas…que anteriormente, en la campaña que hicimos en la escuela y con los vecinos y que todos respondieron con mucha generosidad, habíamos recogido.
Pero más que eso material, que ciertamente carecen en extremo, lo más importante fue nuestra presencia entre ellos; sentirse importantes, queridos, acogidos, saber que alguien se interesa por ellos aunque sólo sea unos días; sentirse, en una palabra, amados. De esta manera se les puede hablar del amor que Dios les tiene.
De esa convivencia, de ese compartir con esos hermanos, nos hemos enriquecido mucho más nosotros que ellos. Nos sentimos en esos días más franciscanos que nunca. Yo, la más adulta del grupo, nunca sospeché vivir una experiencia así; me sentí más cerca de Dios, encontré mucha paz interior; ver como la gente es feliz con tan pocas cosas; pero te cuestiona, ¿por qué tienen que vivir con tantas carencias en un mundo de tanto consumo y derroche?; ciertamente el encuentro con el hermano es encuentro con Dios y… ese Dios te deja intranquilo.
Antes de la experiencia pensaba en el sacrificio que iba hacer; también iba mi hijo; al terminar esos días me sentí que fue un regalo de Dios lo vivido. Los espacios de oración y reflexión que compartimos también permitió que entre el grupo nos uniéramos más, nos apreciemos más, nos queramos más.
Les invitamos a que puedan hacer esta experiencia; se libera uno de muchas esclavitudes que lo único que hacen es alejarte de la felicidad, es decir de DIOS.
Le pedimos a la Madre General que pronto nos envíe, aunque sólo sean dos hermanas, para que este fuego que sigue ardiendo, no se apague. Necesitamos quien nos guíe y acompañe.
EL SEÑOR NOS BENDIGA Y NOS GUARDE, NOS MUESTRE SU ROSTRO Y TENGA MISERICORDIA DE NOSOTROS, NOS MIRE BENIGNAMENTE Y NOS CONCEDA LA PAZ. QUE EL SEÑOR NOS BENDIGA. AMÉN.